Mientras que descifro [y por Cibeles que lo pretendo
con terqueza] lo que hubiere [y con tristura] debajo del vuelo
del moscardón y aun debajo
de los tantos dimes y diretes de los idiotas, y aun más cerca
del suelo donde zascandilean las sabidillas cucarachas,
donde rechinan en folclóricos patinajes y otras viles danzas
con sus tantas patitas un poco retorcidas como nudos
de a ocho acompañándose de aplausos jondos
y risas mochas y el hiperbárico asombro
de aquel abducido público;
y mientras que a fe yo asumo honestamente
que la ecuación no cuadra y la igualdad que resulta
no es todavía un juicio válido, y todavía incluso me parece
sólo una hipótesis [o al menos, materia oscura]
hasta que la x no sea difusa o la y suficiente y operativas
conjuntamente, y diría casi además
que se ha de sospechar de si hay un margen de error o residual
distorsión en el lanzamiento. Así que para bien por sana prudencia
necesariamente se ha de establecer, en su caso, un plan
de correcciones póstumas y breves, pero buenas
disculpas...
aquellos gentiles por encima de la redonda natura
de la verdad cenan lixa lengua de escuerzo y rumian lo mismo
y parlan y anuncian bárbaras afirmaciones, y pactan el ostracismo
de los otros porque les caen del cielo seráficos mendrugos junto
a coprolitos de laxa sabiduría ya maduros, o parlamentan
con el asno académico don "Qué alto concepto
de mí celebro lobo con vellón de oveja" [en fin, claro
¿qué podría aprender de los humildes? Él Que Es
el Excelentísimo que no lee demasiado]
para pedirle en gravitatoria audiencia
oh, neutrales consejos
acerca de los bogavantes en hoteles de cinco estrellas
y lo torticero de quienes no gustamos del lujo por incongruente
con este paciente planeta y dos tercios
de sus habitantes sin puta suerte
ni rala fortuna;
aquellos comensales chapotean en su menguante océano
de jiliput en mesiánicos tonos, o en charcos de muy agria leche
como cotorras dispépticas sin quietud. E incluso se cuelgan a la orilla
del probóscide el ideario zote antes de parir miasmas y decirlas,
o bien explotan sus quistes silvestres y fobias en racimos
engarzados como ristras de perlas blancas sin probable mácula,
y en histrionismos dicen patrióticamente mano en pecho
o más alto de cara al sol
[después del ya protocolario zullón]
con mala sangre cosas que parecen buen pote y santa ciencia,
a la vez que pochan [y reducen a la enésima] la eidética cebolla
en aceite de ricino superior. Por supuesto, luego purgan
por sus tantas patitas abajo abajo en dicharacheros arroyuelos
que parecen palabras, frasecitas, párrafos
en bobélicos dialectos, mas lo cierto que es sólo,
como dijo el filósofo, distinta y claramente:
sólo mierda y hondísimos regüeldos...
Nihil Scitur
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